Te explicamos cómo el derecho de autor, y en particular los derechos morales, siguen desempeñando un rol central en la industria creativa contemporánea.
La utilización de canciones populares en obras audiovisuales, como series de televisión, streaming o películas, constituye uno de los ámbitos más complejos y sensibles del derecho de autor, especialmente cuando se trata de obras de alto valor cultural y simbólico.
En este contexto, el copyright clearance desempeña un papel fundamental: se trata del proceso mediante el cual se identifican y obtienen todas las licencias, permisos y autorizaciones necesarias por parte de los titulares de derechos de autor para el uso de sus obras en una producción.
Mirando un caso reciente, la inclusión de las canciones “When Doves Cry” y “Purple Rain” del fallecido cantante Prince en el episodio final de la exitosa serie Stranger Things representa un caso especialmente ilustrativo de cómo los derechos patrimoniales y los derechos morales del autor interactúan en la práctica contractual de la industria audiovisual global.
Hay que tener en cuenta que Prince durante su vida fue muy reticente a permitir que sus canciones fueran utilizadas en obras audiovisuales (fuera de su propia película Purple Rain de 1984), y esta tendencia ha seguido por parte de sus herederos. Él estaba particularmente preocupado de los usos que tuvieran sus obras musicales, más allá del pago económico que pudiera recibir por el uso, trascendiendo el mero interés económico y vinculándose estrechamente con la protección de la identidad artística del autor.
Desde una perspectiva jurídica, ello refleja que el ejercicio de los derechos de autor no se agota en la explotación patrimonial de la obra (es decir, no guarda necesariamente relación exclusiva con los derechos patrimoniales), sino que puede responder a consideraciones ligadas a su significado, contexto y coherencia creativa, lo cual guarda relación con los derechos morales de autor, aquellos derechos que en el caso de la legislación chilena son inalienables y que sobreviven al propio autor, transmitiéndose a sus herederos.
La incorporación de música en una serie como Stranger Things exige la obtención de licencias tanto sobre la composición musical (letra y partitura) como sobre el fonograma (grabación sonora de la canción), lo que implica la intervención de diversos titulares de derechos: los derechos de autor sobre la composición musical, y los derechos conexos de los músicos que interpretaron la canción así como los derechos conexos recaídos en el fonograma mismo (en las jurisdicciones donde hay reconocimiento a derechos conexos, como Chile).
Sin embargo, el caso de Prince demuestra que incluso cuando los derechos patrimoniales son negociables y se suelen licenciar, la autorización final puede depender de una evaluación sustantiva del uso propuesto.
En este sentido, la negociación y los posteriores acuerdos de licencia a veces no se limitan a establecer territorios, duración o contraprestaciones económicas, sino que en este tipo de casos pueden incluir además una revisión del contexto narrativo, la forma de inserción de la obra y su coherencia con el espíritu original del autor, siendo una forma en que se vela por los derechos morales, particularmente tratándose de una persona fallecida.
Aunque el ordenamiento jurídico estadounidense reconoce de manera más limitada los derechos morales en comparación con los sistemas de tradición continental (como el chileno), la práctica contractual demuestra que estos principios no están ausentes, sino que se manifiestan a través de cláusulas que condicionan el uso de la obra a determinados estándares de respeto artístico.
En el caso de Prince, la aprobación del uso de sus canciones parece haber estado estrechamente ligada a la garantía de que estas no serían descontextualizadas, alteradas o utilizadas de un modo que pudiera afectar negativamente su significado o la reputación del autor, lo que constituye una forma indirecta, pero efectiva, de tutela de los derechos morales, y que en la tradición jurídica continental (como la chilena), estaría relacionada con el derecho moral a la integridad de la obra.
Asimismo, el antecedente del uso exitoso de la canción “Running Up That Hill” de Kate Bush en una temporada anterior de la misma serie adquiere una dimensión jurídico-cultural relevante. Dicho precedente habría contribuido a generar confianza en los titulares actuales de los derechos de autor de Prince respecto del tratamiento respetuoso de la música dentro de la narrativa audiovisual, evidenciando cómo factores culturales y reputacionales pueden incidir en la disposición a autorizar licencias.
Lo anterior, pone de manifiesto que la gestión de derechos de autor opera en un entorno donde las decisiones jurídicas se ven influenciadas también por la percepción pública, la experiencia previa y la valoración simbólica de las obras.
En definitiva, la llegada de la música de Prince al final de Stranger Things constituye un ejemplo elocuente de cómo el derecho de autor, y en particular los derechos morales, siguen desempeñando un rol central en la industria creativa contemporánea.
El caso demuestra que la autorización para explotar una obra no es únicamente una cuestión de precio o disponibilidad contractual, sino también de respeto por la integridad artística y la voluntad del autor, incluso después de su fallecimiento.
Así, este episodio se erige como una referencia valiosa para comprender cómo los derechos morales, aun en sistemas donde su reconocimiento legal es limitado, continúan influyendo de manera decisiva en la práctica del licenciamiento musical y en la protección de la identidad creativa de los autores.
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